26 marzo 2020

Estamos a tiempo de implantar más tests diagnósticos para frenar la pandemia


En cada rincón del planeta, para muchos el día empieza con nuevos datos sobre el avance de la infección por Covid-19. Este nuevo virus, desconocido hasta hace poco, sigue provocando cierres de centros escolares y de trabajo, colas en supermercados y confinando a poblaciones enteras en sus casas. Desgraciadamente, en un porcentaje pequeño de casos, pero acumulando cifras desoladoras, este virus causa también la muerte. 

Las buenas noticias nos las trae a menudo la lucha sin cuartel de equipos sanitarios y de investigación. Los primeros, salvan vidas a diario. Los segundos, imaginan y desarrollan terapias para frenar y, tal vez curar, esta enfermedad.

Mientras se cumple la primera semana de confinamiento para muchos españoles, hablamos con Antoni Plasència, director de ISGlobal y reconocido epidemiólogo. Este centro de investigación, fruto de una alianza innovadora entre ”la Caixa” e instituciones académicas y gubernamentales, es pionero en la creación de equipos interdisciplinarios para dar una respuesta 360 a grandes retos de salud global. La investigación de las enfermedades infecciosas es uno de sus ejes estratégicos de trabajo.

Cada día tenemos noticias sobre la curva de propagación del virus. ¿En qué punto de la curva nos encontramos en España a día de hoy?

Ahora mismo estamos en fase de rápida expansión, de propagación, sin que aparezcan de momento signos de modificación de esta tendencia. Y durante un tiempo va a seguir subiendo. Su evolución dependerá de la efectividad de las medidas recientes de mitigación que se han tomado desde el gobierno español.

¿Se puede hacer alguna previsión de cuándo comenzará a cambiar la curva?

Todavía es demasiado pronto para hacer estas predicciones, pero las medidas que se han tomado buscan conseguir que, en unas semanas, haya un punto de inflexión y se frene este crecimiento. Difícilmente será en dos semanas, esa predicción sería prematura. Pasarán algunas semanas más, pero no sabemos cuántas. Llevamos pocos días de las nuevas acciones de distanciamiento social masivo desde que se implantó el decreto, así que es demasiado pronto para valorar su efectividad. 

¿Podemos fiarnos de las estadísticas de otros países para hacer una previsión de lo que puede pasar aquí?

Todo depende del esfuerzo y la capacidad de cada país para confirmar los casos, es decir, de la disponibilidad de tests y los criterios para su aplicación. Y de ello depende un número significativo de casos presuntivos pero que no tienen diagnóstico confirmado. Algunos países han hecho muchos tests y otros no, con lo cual la comparación de las tendencias de la epidemia entre países es complicada. En ISGlobal hemos elaborado un documento en el que se comparan las distintas estrategias de los países. 

De momento, China y Corea del Sur parecen haber seguido estrategias exitosas.

China ha sido muy intensiva y ha puesto mucho énfasis en el aislamiento social estricto, asumiendo el impacto económico negativo de sus medidas, y han sido muy efectivos. La estrategia de Corea del Sur se ha centrado en identificar los primeros casos, implantando medidas más individuales y con menos disrupción social, e invirtiendo muchos recursos en capacidad diagnóstica y tecnologías para identificar y seguir a los infectados y sus contactos.

¿Y qué ha pasado en Italia y España?

Aquí estamos labrando la batalla todavía. Lo que está ocurriendo en Europa refleja algo que se sospechaba pero que no se tuvo suficientemente en cuenta aquí, que es que la infección también se transmite en los pacientes asintomáticos. Hemos visto inicios de transmisiones en la comunidad que se producían más allá de los casos confirmados importados o asociados a un caso importado. Y eso ha contribuido a este crecimiento exponencial en el que todavía estamos inmersos.

Cada país se ha enfrentado, pues, a una situación distinta.

No exactamente. Lo que diferencia a los países es la estrategia de respuesta, con distintos niveles de adaptación a una evolucion dinámica de la infección. De acuerdo con los criterios de la OMS, estas estrategias son graduales y progresivas. Ahora toca esperar a ver cómo las nuevas medidas revierten la tendencia de la curva. Tarde o temprano tendremos éxito. Pero ahora no podemos saber cúando lo tendremos y a costa de qué impacto social y económico. 

De momento, en España, la medida básica es el aislamiento social. ¿Serían útiles los tests, como en Corea, o ya estamos en una fase de propagación demasiado grande?

Sí, serían útiles y no es demasiado tarde para implantarlos. Sigue teniendo pleno sentido identificar y aislar los casos confirmados y sus contactos. Pero esto también depende de la capacidad logística para disponer de los tests y llevar acciones de aislamiento en los infectados confirmados. En Corea lo tuvieron un poco más fácil en el inicio, porque la epidemia empezó en un único foco bien caracterizado, una congregación religiosa. Nuestro caso, tanto el de Italia como el de España, es más complejo porque se inició en muchos focos, que estaban pocos identificados, desarrollándose a la vez. Yo creo que se podría optar por un punto intermedio y, en ausencia de la capacidad de hacer tests masivos, focalizar los tests en determinados casos. 

¿Existe alguna estrategia alternativa si la propagación no disminuye en un mes, por ejemplo?  

Si la propagación no disminuyera, debería plantearse seguir manteniendo dichas medidas más tiempo, valorando cuáles deberían ser los límites de su impacto negativo el el ámbito socioeconómico. Esta consideración parece que está detrás de la estrategia británica actual.

¿En qué consiste?

Dejar que el virus circule, con la idea de que la población desarrollará inmunidad contra él, centrándose en detectar los casos y sus contactos y reforzar el sistema sanitario para tratarlos de la forma más efectiva posible, sin medidas drásticas de distanciamiento social. Pero esto tiene sus riesgos. Todavía no hay evidencia de cuál es la respuesta inmunitaria de las personas expuestas y la protección resultante ante la posible recirculación del virus; es una especulación en este momento. Y, entre tanto, esta estrategia podría sobrecargar muchísimo el sistema sanitario, con lo que muchas personas morirían.  

No resulta un escenario muy atractivo.

Al final, el argumento en que se basa su estrategia  es que “la salud tiene un precio”. ¿Se lo ponemos o decidimos que la salud de las personas está por delante de todo? Yo creo que sí, que está por delante del impacto económico y social. Yo abogo por asegurarnos de que seguimos implementando las medidas actuales: aislamiento y aumento del número de tests a la población, y de manera especial en los colectivos vulnerables. La discusión está ahora en a qué precio está la sociedad española dispuesta a comprometerse con el mantenimiento de estos esfuerzos. 

¿Cuáles serían las prioridades, a día de hoy, en la lucha contra el coronavirus?

La primera, inyectar los recursos y equipos necesarios para asegurar la capacidad asistencial de nuestro sistema sanitario. La segunda, mantener con firmeza las medidas de distanciamiento social. Y la tercera, incrementar el acceso a los tests de diagnóstico, especialmente en la población de riesgo: colectivos vulnerables y sociosanitarios y también en las zonas geográficas donde haya mayor transmisión. 

¿Y con eso será suficiente?

Hay que tener en cuenta que el conocimiento que tenemos sobre la pandemia no cambia cada día, sino minuto a minuto. Continuamente aparecen nuevos resultados y se necesita utilizar esta información para su aplicación práctica, que sirva para que las autoridades puedan tomar buenas decisiones. Por ejemplo, es arriesgado hablar de tasas de letalidad, que son los muertos por número de casos. Inicialmente, se decía que China tenía una tasa del 2-3 %, pero queda por ver en Europa, porque se identifican más casos que antes no eran detectados. Es demasiado pronto para hacer estimaciones fiables. Pero no debemos perder de vista que el principal determinante de la mortalidad no es tanto la virulencia de la COVID-19 como la capacidad de respuesta del sistema sanitario para atender los casos graves. 

Nos queda mucho por aprender, entonces.

Las próximas semanas vamos a ver cómo se hace más visible la propagación de la pandemia en África y América. De momento, parece que tienen pocos casos, pero el problema es que su capacidad de detección es muy limitada. El caso de África es especialmente preocupante, puesto que tienen otros problemas muy graves, como malaria, sida, tuberculosis y otras infecciones que suponen una carga de enfermedad muy importante, además de hipertensión, obesidad y enfermedades cardiovasculares, que van teniendo un peso cada vez mayor, al que se va a sumar el impacto del coronavirus, en un contexto de muy poca capacidad de diagnóstico y unos sistemas de atención muy frágiles.

¿Estamos todavía en un estadio inicial de conocimiento?

Tampoco diría eso. Llevamos casi 3 meses. Tenemos evidencias de éxitos en China y en Corea del Sur. Tenemos que ver también cómo está evolucionando en Japón y Singapur. Hay que esperar. En Europa, eso sí, estamos en medio de una guerra. Las medidas más drásticas ya están en buena medida tomadas y hay que esperar al punto de inflexión para seguir adaptando las respuestas. Lo que está claro es que superaremos esta situación, pero con grandes costes.  

¿Se podría convertir la COVID-19 en un virus estacional?

No lo sabemos, pero todo indica que está aquí para quedarse circulando un tiempo indeterminado y que va a afectar al mundo en su globalidad. No sabemos todavía su comportamiento estacional, cómo reacciona a la humedad o a la temperatura. Tampoco sabemos cuál va a ser nuestra respuesta inmunitaria: si va a ser puntual, es decir, si podemos reinfectarnos, o si podremos ser inmunes a él a largo plazo. Todavía nos quedan muchas lecciones que aprender.

¿Podemos aprender algo de cómo hemos gestionado el inicio de la crisis?

Es pronto para interpretar lo que ha ocurrido. La mayoría de los países europeos han seguido las indicaciones de la OMS, que ha propuesto una respuesta gradualista, adaptada a la evolución de la situación epidemiológica. Dentro de este modelo, ¿se podrían haber tomado antes algunas medidas actualmente en vigor? Ahora es pronto para afirmarlo. En todo caso, la opción alternativa de modelo maximalista, con intervenciones muy intensivas desde los primeros casos, no figura en ningún protocolo actual. Así que la discusión está en cómo se despliega este gradualismo, aun teniendo información parcial y muchas incertidumbres. Pero está claro que aprendemos cada día lecciones útiles para el futuro.

¿Hay una parte positiva de todo esto?

Con este nuevo riesgo para la salud colectiva, se están movilizando un conjunto de acciones que seguro que nos reforzarán como sociedad global. Lo que ha ocurrido, la pandemia, muestra la interdependencia permanente que tenemos los unos de los otros, casi al minuto. Pone de manifiesto nuestras fragilidades y permite aprender a responderlas de manera colectiva, desde el esfuerzo compartido y la inteligencia colectiva. El virus genera una situación desconocida, por una parte, y una respuesta que entre todos tenemos que ajustar para asegurar la salud con el menor impacto económico y social. La ciencia, en este sentido, es una herramienta clave para entender la dinámica de la infección y proponer respuestas. Es difícil hacer predicciones todavía, pero hoy sabemos más que la semana pasada, y en una semana sabremos más que hoy para lograr vencer a la pandemia.